¿Vivimos realmente en “un mundo feliz”?

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Hay novelas que marcan un antes y un después en la historia, no dejando indiferente a nadie. Crear polémica utilizando la crítica y la sátira con ingenio es una técnica infalible que bien le sirvió al creador de la obra “Un mundo feliz”, Aldous Huxley.

Este libro retrata una sociedad futurista asentada en Londres, en la que, como su título indica, reina la felicidad y el bienestar general. Una civilización en la que el sufrimiento y la tristeza se han erradicado a costa de la libertad del individuo, con métodos como la hipnopedia, en el que cada sujeto es condicionado con diversas técnicas a contribuir a una sociedad que fomenta como estilo de vida el hedonismo absoluto.
En “Un mundo feliz” nadie se preocupa por cuestiones como la muerte, el sexo o los estratos sociales, ya que son asuntos que desde el inicio se tratan de forma tan natural que se acaban asumiendo sin despertar ningún interés.
No hay cargas emotivas, volviéndose todo banal, de manera que nadie siente mucho, ni a bien ni a mal.
Muestra de todo esto es la erradicación de conceptos como la maternidad, la familia y los lazos emocionales, que son vistos con cierto desprecio por la sociedad en general.

La novela la protagonizan desde un inicio dos personajes aparentemente contrapuestos:
Lenina y Bernard Max.
La primera está completamente integrada en la sociedad de contexto, mientras que el segundo es un hombre que se resiste a la alienación y el control de la sociedad mediante el condicionamiento, defendiendo a toda costa la individualidad en un mundo en el que difícilmente algo marca la diferencia.
A lo largo de la obra nos damos cuenta del evidente paralelismo entre Lenina y Lenin y Bernard Marx y Karl Marx, por lo que la carga política y la crítica está servida de principio a fin.
Los dos protagonistas viajan a un lugar sin “civilizar” ubicado en Nuevo México, cuyo nombre es La Reserva. Es aquí donde descubren una sociedad con costumbres tradicionales, como son la monogamia, la familia y las costumbres religiosas.
Allí conocen a otros dos personajes que se suman a su viaje y acompañan a Lenina y a Bernard de vuelta al Mundo Feliz, siendo entonces cuando el choque entre culturas es tan evidente que lleva al lector al verdadero planteamiento de lo absurdo de la sociedad inicial.

Lo verdaderamente curioso de todo esto es cómo un libro que data en 1932 puede reflejar de una forma tan exacta la “evolución” que toma actualmente la sociedad, haciendo una crítica constructiva e interesante del contexto en el que nos encontramos, en el cual, aunque de manera mucho menos acentuada, el impulso del capitalismo, el materialismo y la pérdida de interés por cualquier aspecto espiritual genera una pérdida de valores cada vez más evidente.

Es por ello que la categorización de la novela como cyberpunk (subgénero de la ciencia ficción) es muy acertada, planteando un contexto bastante pesimista de lo que podría llegar a ser el futuro (ahora todavía más cerca que en aquel momento) si los ideales de la sociedad se mantienen y se apuesta por la banalización de toda emocionalidad, creando un paralelismo humanos-robots de forma crítica.

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