El Congreso: una realidad alucinada

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La película The Congress (El congreso), Ari Folman, 2013, nos trae varios temas interesantes, tratados de una manera muy peculiar. Inspirada en parte en la novela de Stanislaw Lem «El congreso de futurología», nos cuenta la historia de una actriz, protagonizada por Robin Wright, quien se interpreta así misma, cuenta la historia de una actriz venida a menos, que es presionada por su casa productora para firmar un contrato en el que cede su imagen a la empresa de por vida, para su explotación. La finalidad es escanearla totalmente, todas las expresiones de sus sentimientos y poder usarlos en la construcción digital de su figura, con la condición de que estuviese eternamente joven en ellas. Junto a sus hijos define las cláusulas cuando acepta firmar el contrato.

La despersonalización de los individuos en la sociedad es una característica cada vez más acentuada en sociedades que avanzan masivamente hacía la tecnificación. De esta manera, la película incorpora una crítica a las sociedades actuales en la que las personas son capaces de vender hasta su propia esencia, su propio ser, solo para mantenerse en los estándares de juventud y belleza (y en este caso fama) que la sociedad exige.

Esta producción es considerada una distopía psicotrópica, ya que las personas evaden la realidad a través de una sustancia que se inyectan y salen de la vida real para vivir la vida que quieren, pero convertidos en dibujos animados. En ese mundo, el espectador puede sentirse desorientado, pero dentro de la película todo tiene su “lógica”, si se podría decir de alguna manera.

En primer lugar nos encontramos con la propuesta que la empresa cinematográfica “Miramount”, con la que la actriz había trabajado que la pone contra la espada y la pared. Al principio ella rechaza la propuesta, pero es coaccionada por su mánager de toda la vida y el jefe de Miramount que le hacen ver que su carrera está acabada y que la única manera de poder seguir teniendo fama y por supuesto, ganando algo de dinero, es aceptar el contrato.

Su hija le dice que la tecnofobia “nunca ha llevado al ser humano a ninguna parte”, cuando están analizando la propuesta y ese mensaje, que es ciertamente un punto medio entre la crítica contra la tecnologización de la vida y el rechazo absoluta de esta.

El hijo de Robin tiene una enfermedad degenerativa que nos la muestra desde el principio de la película, el médico tratante le dice que tiene un 50 por ciento de probabilidades de perder la vista y la audición. Cuando ella entra en el mundo de alucinaciones, se pierde en la búsqueda de su hijo, por lo que un día empieza a buscar la manera de regresar al plano real, en ello se enamora de un personaje que le dice que era el responsable de manejarla digitalmente y que la ha amado a ella. Como compensación a los veinte años de servicio que tuve en Miramount creando personajes de Robin, le dan una pastilla de retorno, pero la podía usar solo una persona. Cuando le cuenta eso a Robin, ella se lo pide y él accede a dársela, sabiendo que la va a perder para siempre, ya que si ella regresa a ese lado de la vida, no tiene garantía de encontrarlo, ya que es un mundo alucinado en el que las cosas cambian y la gente amolda su mundo de acuerdo a experiencias y necesidades.

Al regresar al mundo real, se encuentra con el médico de su hijo ya anciano que le dice que él la esperó por muchos años, hasta que ya era inminente su deterioro vital y él lo convenció de que pasara al otro lado, para que se mantuviera con vida con la droga que lo enviaba a ese lugar. Allí el tiempo era distinto, incluso Robin fue dormida durante setenta años, porque al asistir al Congreso de Futurología, luego de veinte años de estar usándose su imagen por parte del estudio cinematográfico, ella reniega de todo eso y critica duramente a la empresa, por lo que la sacan del congreso y la duermen.

Un malestar en la cultura

La película al final nos arroja un mensaje sobre la noción de fama, sobre el uso de la imagen de algunos íconos del mundo del espectáculo que se convierten en referentes para muchas personas, cuando en realidad todo es un constructo industrial para generar patrones de consumo. Todo un dilema moral en en tanto también nos plantea los mecanismos de evasión de la realidad que Freud planteaba en su obra «El malestar de la cultura», en la que las personas acuden a satisfacciones sustitutivas, ya que el peso de la vida lleva a las personas a buscar la distracción a través de alguna actividad, satisfacciones sustitutas como el arte o narcotizarse, que es lo que ocurre en la película. Una metáfora justamente de lo que es el mundo del espectáculo: un narcotizante para las sociedades.

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