Equilibrium y la tiranía del razonamiento

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Equilibrium es una película escrita y dirigida por Kurt Wimmer, estrenada en  el año 2002, enmarcada en el género de ciencia ficción del subgénero distópico. Equilibrium nos trae una trama realmente interesante que nos hace mucho pensar en las condiciones de la vida moderna. La historia, protagonizada por Christian Bale, Emily Watson y Taye Diggs, nos ubica en un futuro distópico en el que el gobierno, después de una Tercera Guerra Mundial, ha prohibido las emociones, porque alega que estas son la causa de las guerras. Para mantener a la población controlada, se les suministra un suero obligatorio llamado Prozium (nombre que parece hacer referencia al antidepresivo Prozac).

En esa sociedad está prohibido el arte, la música, todo aquello que pueda despertar emociones en las personas. Existe una fuerza policial que se encarga de controlar y vigilar que las personas no sientan emociones, ya que si detecta que alguien ha dejado de tomar su suero y comienza a expresar sus emociones es condenado a muerte. Los responsables de la ejecución son un grupo élite, entrenado en un arte marcial que busca causar el mayor daño con la menor cantidad de movimientos.

La temática de la película merece la atención, ya que podríamos señalar que si bien no vivimos en una sociedad que suprima de raíz los sentimientos, existe sí un modo de vida que busca dominar nuestras emociones. La estética de la película es siempre en tono gris, lo cual está claramente identificado con el concepto de «equilibrio» de las emociones.

El prozium es una clara referencia al prozac, que es un medicamento emblemático justamente para controlar las emociones depresivas. Esta asepsia emocional que plantea la película no es muy distante de la forma cómo a través de diversos medios, especialmente a través de los audiovisuales, se busca establecer mecanismos de regulación de nuestros deseos. La publicidad es una de las mejores estrategias para orientar nuestras emociones y moldear patrones de consumo. Otras formas son elaboradas para establecer el control de las emociones globales.

El cine suele ser justamente uno de ellos, por ejemplo, las películas de acción que son las que más se producen y más taquilla suelen tener, desensibilizan a las personas con respecto a la guerra. Vemos cada año miles de escenas donde mueren cientos de personas, celebramos incluso y deseamos la muerte de  los personajes que nos colocan como antagonistas, para que luego, cuando el aparato de la industria político militar determina que hay una persona a la que hay criminalizar, se despliega toda una artillería para que la gente justifique cosas como, por ejemplo, la muerte de líderes de algunos países a los que se les ha construido una imagen negativa.

Otro mecanismo son las telenovelas o los deportes, como el Mundial de Fútbol, que une a todo el planeta en un afán de competitividad y exalta las emociones al máximo, lo que hace que la gente se olvide de los problemas reales o son incluso momentos que son usados por los gobiernos para tomar decisiones que desfavorecen al pueblo y que son casi desapercibidos porque la atención está captada por este fenómeno deportivo global. El escritor mexicano, Carlos Monsiváis, lo demuestra magistralmente con una crónica titulada: “La hora del consumo de las emociones, en la que dibuja muy bien el modo en que el fútbol se convierte en un modo de control social. Al respecto señala “Claro, es muy probable que el condicionamiento social alcance grados bárbaros, y que muchas de nuestras reacciones dependan de lo que se espera de nosotros, ¿pero hasta ese punto?”

 

La película tiene un guiño con la historia de Ray Bradbury, Farenheit 451, que reseñamos recientemente, cuando las autoridades queman el cuadro de la Gioconda, ícono de las artes plásticas y referente de la genialidad creativa de su autor, Leonardo Da Vinci. El exterminio de las formas del arte, del pensamiento y de las emociones  representa un escenario ideal para establecer modelos de pensamiento y de control social.

Los modelos de represión establecidos en la película nos remiten a la idea de sociedades sometidas al control de las fuerzas represivas, pero también a una sociedad que actualmente vive sus emociones a través de la realidad virtual, que ha ido perdiendo la capacidad de sentir, de vivir su vida de manera cada vez menos real. Ese desplazamiento de las emociones hace que seamos manipulados mucho más fácilmente y que estemos además, sometidos a un gran sistema de control de lo que hacemos o decimos. Las redes sociales suelen sorprendernos realmente.

Finalmente, queremos destacar otro tema que atañe a ciertas corrientes que se han desarrollado para que la gente reprima ciertos tipos de emociones que son consideradas negativas, en aras de una corriente de pensamiento exclusivamente optimista. Más allá de los aspectos beneficiosos que tiene tener una actitud positiva ante la vida, el problema reside en el hecho que esa corriente de pensamiento es usada también como un modo de control social, en el que hay empresas que dan talleres para que sus empleados acepten de manera positiva sus condiciones de trabajo, su estatus social y no cuestionen al sistema. Una sociedad que vive en una ilusión permanente de que solo con un cambio de pensamiento, puede alcanzar niveles de prosperidad. Piensa y agradece lo que tienes, que el universo te compensará, nos dicen, mientras los poderes fácticos siguen enriqueciéndose con la fuerza de los trabajadores.

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